Marta Fernández Morales: Los malos tratos a escena



El título que Marta ha elegido para su último trabajo, Los malos tratos a escena, es muy sugerente. Durante muchos años, demasiados para nosotras mujeres, la violencia que durante siglos hemos sufrido ha sido invisibilizada. Formaba «y lamentablemente todavía forma» parte de una sociedad patriarcal y andocéntrica que necesita de esa herramienta para seguir perviviendo.
No hace demasiados años que la Organización de las Naciones Unidas declaraba que la violencia contra la mujer es el crimen encubierto más numeroso del mundo. Por esta violencia mueren más mujeres en el mundo que en las catástrofes naturales, los accidentes de circulación o como consecuencia del cáncer. Y esas muertes lo son, en su gran mayoría, a manos de aquellos en quienes ellas habían depositado su amor, su confianza, su esperanza de futuro.
Para que este estado de cosas empiece a cambiar y podamos atisbar el principio del fin de una situación que impide que las mujeres disfrutemos de los derechos y libertades fundamentales que tantas veces en la historia han sido proclamados para los varones, tenemos que levantar el telón de la privacidad con el que la violencia contra la mujer hipócritamente se ha ocultado.
Desde mi responsabilidad profesional he tenido que oír los relatos de esos maltratos y, lo que es peor, las quejas generalizadas por la falta de amparo de un sistema judicial que ha hecho oídos sordos a la gravedad de palizas, amenazas, insultos, menosprecios, vejaciones, de abusos de todo tipo de los que son víctimas las mujeres. Todavía perviven en nuestras estructuras legales y en las mentes de quienes tienen la obligación de aplicarlas estereotipos culturales que fomentan, amparan y encubren claras situaciones de discriminación por razón de sexo, por más que la Constitución de 1978 proclame la prohibición de la misma y exija a los poderes públicos promover las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integra sean reales y efectivas. Y es esta situación real y legal de desigualdad entre hombres y mujeres la que genera la violencia como instrumento eficaz para mantener las condiciones de privilegio que han disfrutado «y pretenden seguir haciéndolo», consciente o inconscientemente, muchos hombres.
La forma en que se desarrolla un juicio en las salas de audiencia se parece mucho a los movimientos escénicos de una obra de teatro; por eso en nuestras leyes y para denominar a quienes demandan justicia, se habla de actores. Las vestimentas con las que nos revestimos quienes tenemos atribuida la función de juzgar y los que con nosotros colaboran, son, en alguna manera, el atrezzo necesario para que la puesta en escena sea creíble. Y así, entre togas y estrados, se expresan conflictos, se manifiestan agravios, se reconstruyen pedazos de vida y también, cómo no, se pretende escucha, comprensión y apoyo. Como las mujeres maltratadas de papel cuyo rastro busca Marta, las reales también tratan de eliminar de sus cuerpos y de sus mentes el estigma de una culpa que por mucho tiempo creyeron suya.
En la vida y en el teatro que la autora nos acerca, las mujeres empiezan a recuperar una voz silenciada, una historia secularmente ocultada; levantan velos de opresión para enseñarnos a todos las consecuencias terribles del destino que a las mujeres se nos ha atribuido relegándonos a la condición de seres humanos de segunda clase.
Por ello es tan importante hablar, escribir, representar, en suma, reflexionar sobre las causas que han generado que aún en sociedades que se llaman modernas y que pretenden haber superado la barbarie de viejos tiempos y otras tradiciones, se mantenga la infamia de seres humanos maltratados, humillados, golpeados y abusados, temerosos todavía de exigir el respeto que su dignidad humana merece, y sólo por la fatídica suerte de haber nacido con un cuerpo de mujer.
Hace escasamente dos siglos, voces de mujeres, en rincones y lugares de todo el mundo, iniciaron la mayor revolución que cualquier tiempo histórico ha conocido porque, como dijo Marcela Lagarde, «el delirio feminista significa la construcción del mundo en un espacio en que la vida ya no es genérica, ni clasista, ni racista, ni se funda en la opresión de los diferentes, ni existen poderes como dominio del otro, ni está basada en la especialización compulsiva que excluye y limita». El delirio feminista se propone una vida en que ya no exista ser mujer o ser hombre, porque las posibilidades de la experiencia humana son diversas, accesibles y compartibles por todos".
La trayectoria vital y profesional de Marta Fernández Morales, recuperando para nosotros la experiencia femenina en la literatura, se añade a esa enorme obra coral. Llamando a escena a los malos tratos, nos muestra la llaga más profunda y doliente de la condición de la mujer; estudiando el quehacer creativo de las mujeres en el teatro contemporáneo, contribuye a esa marcha hacia la igualdad entre sexos y hacia la paz.
Rosario Fernández Hevia (jueza).
Posted on 22:02 by Julio Obeso González and filed under | 0 Comments »

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