Al salir, cierra la puerta...


AL SALIR, CIERRA LA PUERTA

Caminaba a oscuras por la casa sin dar ningún paso en falso, o tropezarse, pues  perfectamente sabía donde se encontraba cada mesita o adorno, ya que todos los detalles que la contenían habían pasado por sus manos y determinado su lugar. 

Era tarde, calculaba por lo menos las dos de la mañana. Seguramente que Rafael le diría con su usual ironía...O muy temprano, según se vea.


Entró a la cocina y encendió la luz que hirió sus ojos acostumbrados a la penumbra. Tomó la lata donde guardaba el té, mientras ponía a hervir  agua. Estaba segura que esa rica bebida la ayudaría a relajarse, pues hacía varios días que había perdido su tranquilidad, y guardado un silencio que la ahogaba, sin haber sin embargo aceptado tomar ninguna medicina; y no es que fuera fanática de lo natural, pero si estaba completamente en contra de cualquier droga que pudiera nublar sus decisiones.


Con la taza de té humeante regresó a su habitación alumbrada solo por la lámpara de la mesa de noche, suficiente sin embargo para ver claramente la cantidad de papeles regados sobre la cama. Se detuvo por un segundo... ¿seguiría leyendo? Se sentó en el hueco vacío que había ocupado antes y comenzó a ordenar aquéllas cartas que quemaban sus manos; voy a ponerlas por fechas,  se dijo. Una vez organizadas,  las numeró, 1, 2, 3... Para separar las que aun no hubiese leído y poder ordenarlas luego nuevamente sin esfuerzo.


La más antigua se remontaba a diez años antes, cuando  tenían unos cinco años de casados. Eran de la misma edad, pero antes de contraer nupcias, y por razones familiares, Rafael había tenido que abandonar su carrera de medicina, mientras ella ya tenía un puesto de Ejecutivo Junior en la misma empresa donde continuaba trabajando,  y  él malvivía en un trabajo mediocre para el que no tenía la menor habilidad y mucho menos  entusiasmo.


En la noche al regresar a la casa, después de una plática muy seria, le propuso que dejara ese trabajo y regresara a la universidad a terminar lo que era su sueño, ser médico. Al comienzo se opuso tímidamente, pero seguramente que siendo superior su deseo a sus escrúpulos, terminó por aceptar, así que por los cuatro años siguientes, mientras finalizó su carrera y logro hacerse de un lugar, ella sostuvo los gastos de la casa y  los estudios de su marido.


Justamente la primera carta coincidìa con sus inicios  en el prestigioso hospital donde aún trabajaba, lugar  al que logró entrar gracias a los buenos oficios del padre de uno de sus compañeros de facultad, que admiraba su tesón e inteligencia, y quien siempre le decía...Tu con algunas carencias logras unas magníficas calificaciones,  y mi hijo sin embargo...


Todas las cartas, unas veinte, estaban firmadas por Lizzy, y bien sabía quien era. Justamente la hija menor del benefactor de su marido, y hermana de su mejor amigo. Casi como un diario, Lizzy recordaba en forma detallada “todos los momentos vividos juntos”, la vacaciones en la playa (justo los días que ella iba a visitar a su familia y que el no podía acompañarla debido al “enorme” trabajo), y cientos de detalles íntimos, así como su desesperación por... ”Estar juntos para siempre...ya hemos esperado demasiado... es hora de que hables con ella francamente...el agradecimiento también tiene un límite...deseo que tengamos hijos”. Todas  frases que se clavaban en su alma como si las letras estuvieran escritas con acero derretido.


Volvió a guardar las cartas en el recóndito lugar donde las encontró,  - muy bien ocultas dentro de documentos de trabajo-, y que justamente fue el quien,  seguramente olvidado por un momento de su existencia, le había pedido telefónicamente que buscara... “Un archivo que me urge mucho”,  pero esta vez, las colocó sobre todos los papeles, a la vista de quien abriera el viejo maletín.


En uno de los compartimientos exteriores estaba la pequeña pistola que una vez Rafael había traído a la casa... “por cualquier cosa”, y que ella jamás había tocado. La sacó, y se aseguró que estuviese cargada.


A pesar de que iban a dar ya las 4 de la mañana, sacó la ropa de su marido, poniéndola sobre la cama. Bajó las maletas de viaje, y fue acomodando perfectamente todas las cosas de Rafael. Tomó unas cajas vacías del desván, y sin detenerse por un segundo comenzó a guardar libros, discos, y otros artículos personales que encontró por allí....Mirando el reloj se dijo, no ha de tardar, pues ya terminó su turno...si es que en eso andaba.



Antes de meterse a la ducha, se quedó mirando fijamente la figura desnuda que le devolvía el enorme espejo. Era una mujer hermosa aun a sus 38 años. De firmes muslos y largas piernas, un busto casi perfecto, quizás por el hecho de no haber tenido hijos, y en su rostro, de facciones clásicas, sus enormes ojos negros de largas y sedosas pestañas. Sonrió levemente.  Disfrutó de una ducha tibia y refrescante, y se puso una elegante bata casi transparente que poco usaba, peinando cuidadosamente su  melena de un atractivo corte moderno.


Como pudo, fue arrastrando hacia la puerta el equipaje, colocando arriba de todo el maletín, y con la pequeña pistola en su regazo, ahora si, con todas las luces encendidas, se sentó en el sillón del salón que veía hacia la entrada de su casa.


Cuando sintió la llave en la cerradura, estaba tan tranquila, que casi le dieron deseos de reír al  observar el rostro de asombro de su marido. No lograba articular palabra y menos al percatarse que su mujer empuñaba la pistola,  sin embargo logró balbucir... ¡pero... mi amor!, a lo que ella respondió mientras hacia un brusco gesto de silencio con su mano izquierda...Toma tus cosas, todas, creo que ese maletín que seguramente habías olvidado y que tienes ante ti habla por si solo,  pues bien sabes lo que contiene.


Levantándose firmemente  del asiento, aun con su pistola empuñada, le dijo con una voz helada, que a Rafael se le antojó desconocida... 


Y por favor, al salir, cierra la puerta...

 

 

 

 

Posted on 16:28 by ADELFA MARTIN and filed under | 0 Comments »

0 comentarios:

Publicar un comentario